
Sofía era una gigante labradora dorada, había adquirido la ternura y simpleza de su dueña. A T y a mí nos acompañó durante toda nuestra historia de amistad. Todavía recuerdo las primeras veces que T me invitaba a jugar a su casa y yo tenía que tomar aliento para atreverme a abrir el portón pese a los ladridos desaforados de Sofía. La miraba a T hablarle y abrazarla y me sentía extraña, nunca tuve perro y semejantes manifestaciones me desconcertaban. Si iba a dormir a lo de T, Sofía también se quedaba con nosotras. Con el tiempo, se ganó todo mi cariño, y alguna vez, recuerdo sorprenderme a mí misma por encontrarme acariciándole el lomo, o incluso la cabeza. De chicas, todas disfrutábamos de correr con ella y tirarnos en el pasto, después empezamos a disfrutar de su compañía en nuestras largas conversaciones de invierno, se tiraba a nuestros pies, y participaba en silencio. Sí que la queríamos a Sofía. Abrir la puerta y esperar su bienvenida, esquivar su cuerpo pesado, y acariciarle un poco el lomo cuando se revolcaba por el pasto. No entiendo mucho de perros, ni de qué siente uno cuando pierde a su perro, y por eso me siento inútil. Ayer, después de quince años, a T se le murió Sofía. Y a mí, desde mi inexperiencia sobre perros, sólo se me ocurre dedicarles un post a ellas, a Jackie, a T, y a Sofía.