Me gusta hacer pequeñas teorías, que después disfruto de comprobar. Hace tiempo que me convencí de que los hombres-lo digo como género, no como genérico- cuando van en el auto solos y llegan a un semáforo en rojo, se meten el dedo en la nariz. Si se pone la luz roja, sé que tengo que mirar para adelante, así me ahorro el pegajoso espectáculo. El viernes eran tres, cada uno en su auto y con su dedo en la nariz.





